Recomendación de lectura: Notas sobre la dificultad de estudiar el estado (Philip Abrams). Texto de 1977.
Al final de la página se puede encontrar un enlace al texto completo de Philip Abrams.
I COMENTARIO
Este texto trata de manera general una revisión de los puntos de vista que existen sobre el concepto de estado, desde una visión académica sociológica, pero además sin duda filosófica e histórica a lo menos, que ha sido publicado junto con otros 2 textos en un libro llamado "Antropología del Estado" del Fondo de Cultura Económica el año 2015, cuya versión está citada en este comentario y se encuentra en el enlace, su lectura es recomendada pues permite revisar y rescatar cuestiones relevantes de las discusiones marxistas y sociológicas sobre el estado que se dieron durante el siglo XX.
El autor comienza el texto intentado (y a mi gusto logrando) desarmar cualquier idea buena que el lector pueda tener sobre el Estado. Señala que cuando Jeremy Bentham (1748, Londres) se propuso eliminar “los engaños y fantasías” del discurso político, que buscan mostrar el interés propio o seccional como entidades morales independientes, no incluyó al Estado por ser éste una institución irrelevante en la época.
El autor comienza el texto intentado (y a mi gusto logrando) desarmar cualquier idea buena que el lector pueda tener sobre el Estado. Señala que cuando Jeremy Bentham (1748, Londres) se propuso eliminar “los engaños y fantasías” del discurso político, que buscan mostrar el interés propio o seccional como entidades morales independientes, no incluyó al Estado por ser éste una institución irrelevante en la época.
Si se encargó de otros conceptos
más relevantes, como por ejemplo gobierno, orden y constitución, considerando todos
ellos (incluyendo Estado) términos aptos para promover en el mismo sentido una
atmosfera de confusión, dando concreción espuria y realidad a aquello que solo
existe en lo abstracto formal.
De hecho, el lenguaje empleado en sí es
provocativo sobre el entendimiento del estado, explicitándose que se rechaza
escribir la palabra con mayúscula, por una definición conceptual, la cual se comparte
en este texto.
El avance histórico cambió esta
dirección, al punto que a comienzos del siglo XX “Casi todos los conflictos políticos
y las diferencias de opinión se remiten ahora al concepto de estado”, y más
particularmente a la pregunta ¿qué es el estado?[1]
Lo interesante del texto
propuesto es que está orientado hacia esta discusión ontológica, sobre si el
estado cómo tal tiene existencia propia como una cosa, distinta de las
estructuras de la sociedad en sí misma, por tanto susceptible de conceptualizar
y estudiar en tal sentido, o si aquello resulta ser falso y por tanto imposible
de tal conceptualización. De este modo, permite revisar y rescatar en
relativamente pocas páginas cuestiones relevantes de las discusiones marxistas
y sociológicas sobre el estado que se dieron durante el siglo XX.
La cuestión central de la
discusión resulta ser por tanto la posibilidad real de separar al estado (lo
político) de lo social (como lo intentaría la sociología política); y al estado
de la sociedad civil o de las clases sociales, y en subsidio lo político de lo
económico (como lo intentaría el análisis del marxismo).
El
autor plantea que ninguno de estos campos teóricos logró demostrar que el
estado es una cosa propia o entidad sustancial y autónoma respecto de la
sociedad, y que contradictoriamente, por diferentes motivos, ambos puntos de
vista lo integran en sus análisis como algo dado, contribuyendo en el supuesto objetivo
del estado de generar la ilusión de que tiene una existencia
autónoma y neutral, lo cual intenta ser desenmascarado por ambos análisis.
El estado sobrevive al escrutinio.
El centro del análisis en este
punto se sitúa en una cuestión muy interesante, relativa al sentido común.
Abrams plantea que lo cotidiano de la política y el sentido común sugieren
fuertemente que las concepciones del estado de la sociología y del marxismo están
bien fundadas, y son por tanto correctas. Postula que el sentido común nos
empuja a inferir que existe una realidad oculta en la vida política, y esa
realidad es el estado.[2]
Lo interesante es como ese
sentido común llega a ser común y dominante, y lo hace mediante una constante
reafirmación del propio estado, que se mostraría de manera más explicita en la
existencia de secretos oficiales. Sabemos que el estado se auto otorga la
facultad de establecer secretos oficiales. Más allá de la asimetría de poder
que aquello produce, nuestro autor plantea que el hecho de que alguien pueda
imponer un secreto es sin duda la evidencia de que esa persona tiene poder y,
también, de que tiene algo que ocultar (deducción de sentido común).[3]
Sin embargo, a su vez plantea que
en la práctica los secretos oficiales han resultado ser tanto triviales como
teóricamente predecibles, pudiendo ser fácilmente desentrañados por un
observador medianamente perspicaz. Es fácilmente entendible con un ejemplo.
Cuando Eduardo Frei Ruiz-Tagle solicita al Consejo de Defensa del Estado
detener las acciones legales que debe ejercer el estado contra Augusto Pinochet
por el caso pinocheques, se funda en la “razón de estado”, que parece ser muy
secreta, pero que todos fácilmente comprendemos significaba que si no lo hacían
se venían balas.
La cuestión tampoco resulta ser
tan simple. El sentido común constantemente diluye el escepticismo que hay
sobre el estado. Justamente porque la vulneración de estos secretos oficiales
puede traer graves consecuencias para quienes lo realicen, de manera bastante
poco ilusoria, y los castigos que éste puede imponer en general. Además, porque
una cierta parte de la izquierda mantiene como ideario la consolidación del
llamado “estado social y democrático de derecho”.
Deteniéndose brevemente en este
punto, es necesario decir que se postula superar los grandes problemas del
siglo XX y de la guerra fría mediante la noción de la aplicación de los
derechos fundamentales, y en buscar la solución de los problemas sociales
mediante una aplicación neutra de estos principios jurídicos, siendo el
principal problema entonces el entredicho y la inocencia de la supuesta neutralidad
del estado.
El camino del autor es partir del
punto de que si realmente existe una realidad oculta del poder político, un
primer paso a su descubrimiento puede ser el rechazo a aceptar la descripción
legitimadora de éste que los teóricos y actores políticos ofrecen de manera
ubicua y tentadora: que ese es el estado.
Pese a la complejidad de los
elementos que componen la problemática, el autor intenta dar una solución
acotada. Le preocupa que todo el problema del estado sea una fantasía. Plantea
que se debe abandonar el estudio del estado, y en su lugar estudiar la sujeción
políticamente organizada. En resumen, cita a Engels: “el estado se nos presenta
él mismo como el primer poder ideológico sobre el hombre”. Es su intención
mostrarse así, pero no lo es.
Si bien los elementos teóricos
planteados pueden permitir importantes conclusiones, se acota claramente: se
debe limitar el estudio del estado, o más bien otorgarle el rol que le
corresponde dentro de las ciencias sociales. En este sentido, propone abandonar
al estado como un objeto material de estudio, sea concreto o abstracto, sin
dejar de tomar muy en serio la idea de estado[4].
El verdadero tema de estudio que se encuentra “detrás” del estado es el poder
político, y se propone reemplazar la noción de estado por la de “sujeción
políticamente organizada”[5]
La forma en que en definitiva se
debe entender el estado según el texto es como un “proyecto ideológico”[6],
entendiendo lo ideológico como una “representación falsa de la dominación
política y económica en formas que legitiman la sujeción”, que en el contexto
de las sociedades capitalistas llega a ser un objeto fundamental de estudio,
siendo la falsa representación colectiva característica de las sociedades
capitalistas, siendo fundamental en el proceso de sujeción social al menos
desde el siglo XVII.
En este contexto la principal
función del estado (en cuanto proyecto ideológico) es ser un ejercicio de
legitimación, mostrando como legitimo lo ilegitimo por su supuesto carácter
neutral y de expresión integral del interés común, principalmente a través de
sus funciones coercitivas.
Para finalizar, en términos
concretos, postula que la alternativa a dar por sentado el estado es entenderlo
como una construcción histórica, propia del absolutismo europeo.
En la consolidación del
absolutismo europeo confluyeron dos procesos de construcción política: (1)
tanto la centralización y coordinación de la dominación feudal, (2) como la creación
de una forma de coerción política entre los nobles. Responde a aquel contexto
histórico: los reyes europeos se encontraban en mejor posición que los nobles
para imponer y legitimar su dominación.
El punto en el que ambos
elementos confluyen es en la creación de un aparato administrativo y del
derecho, con toda la fundamentación, doctrina y legitimación que éste conlleva,
principalmente, con la adopción del derecho romano como contexto legitimante de
la administración centralizada, y de una teoría general de la soberanía.
Llama la atención, finalmente,
que la creación de esta estructura fue muy favorable para que se potenciara la
burguesía, y que las intenciones puramente legitimadoras de la época eran
bastante más explicitas que las actuales. La pregunta de fondo siempre será: ¿Corresponde
la aplicación de esta estructura a nuestras sociedades? Lo demás es la historia
misma.
II ANEXOS
Revisión del punto de vista
marxista sobre el concepto el estado. El autor destaca que la discusión
teórica marxista percibe correctamente la “no entidad” del estado, a la vez que
fracasa en el intento de aferrarse a la lógica de esta percepción; de este modo,
desde el punto de vista teórico, el marxismo reconoce que el estado no tiene
una existencia real, sino que tiene una existencia abstracto-formal con
funciones específicas en las sociedades capitalistas, existiendo como una
simple mascara del poder de clase o un “interés general ilusorio” (cita del
texto a la ideología alemana).
Sin embargo, al mismo tiempo el
marxismo plantea que el estado es un órgano sobre impuesto a la sociedad, con
un carácter nada de ilusorio, y que constituye una fuerza política organizada
por derecho propio, y como un elemento fundamental para explicar la integración
de las sociedades de clases.
Existe además una tensión sobre
este punto entre la teoría y la práctica marxista: a la vez que se reconoce al
estado una existencia abstracto-formal, la transforma en el principal objeto de
la lucha política. La principal crítica al respecto sobre el punto es sobre la
cosificación, en el sentido de reconocerle una existencia objetiva propia a un
objeto que proviene de la construcción social, por ende siempre subjetiva, y
dependiente de otras voluntades.
Se plantea que el marxismo
entiende la independencia de la lucha política de clases más allá de la lucha
económica, lo que supone reconocer la realidad autónoma del poder político. En
el camino de subvertir el poder de clase mediante la lucha política, la clase
trabajadora debe apoderarse del estado de manera transitoria -durante la etapa
de la dictadura del proletariado-, utilizarlo con el mismo fin que lo utiliza
la burguesía, pero en sentido inverso, sobre todo respecto de la noción de bien
común ilusorio, en cuanto a presentar su interés como el interés general.
Es posible comprender de lo
expuesto la contradicción existente, en cuanto si el estado es un objeto
abstracto-formal, que utiliza una clase sobre otra para imponer su voluntad
sobre la sociedad como si fuera un bien común neutral ilusorio, difícilmente
dicho objeto podrá mutar el sentido de la imposición, pues no para eso se le ha
construido y estructurado; suponer que aquello es posible, implica otorgarle al
estado una existencia objetiva, como si se tratará de una cosa en el mundo real
y no en el de las ideas, de la que es posible “apoderarse”, lo que es un error
lógico. Lo curioso, es que justamente aquello es lo que promueve la idea del
estado, de que efectivamente su existencia y voluntad es objetiva. Es aceptar,
justamente, su supuesto principal objetivo de engaño.
La principal crítica vertida a la
teoría marxista se plantea en la supuesta existencia de un “deslizamiento
imperceptible” desde el reconocimiento del estado como un objeto formal-abstracto,
a su tratamiento como un agente real y concreto con voluntad, poder y actividad
propia[7].
Revisión del punto de vista de
la sociología política sobre el concepto el estado. Abrams expone que el
objeto de la sociología política es intentar dar una explicación social sobre
el estado.
Sin embargo, los estudios de esta
disciplina se centran más bien en la noción de sistemas de gobierno o incluso “hogar
público” o “unión en torno a un centro simbólico”, conceptos que han absorbido
la noción de estado de los estudios sociológicos políticos fundamentado en que
para el estudio social lo importante son las funciones y no las estructuras, lo
cual sin embargo habría dejado a los sociólogos con una noción muy imprecisa de
cuál es su “explicadium” principal o tema principal. Se crítica que lleva
a conceptos vagos de estructuras y procesos.
Más allá de esta crítica se
expone que la noción funcionalista dio lugar a relatos que toman la forma de
modelos de entrada-salida, siendo un modelo de análisis social en el que se
diferencian las funciones más propiamente estatales como funciones de salida
(output), y las estructuras de la sociedad civil como de entrada (input).
Sorprende, según el autor, que la
atención de los estudiosos se centrara mucho más en los modelos de entrada,
provocando un fenómeno descrito como el estudio de la socialización política, y
sobre un tema específico que es la entrada en terreno de la acción política de
poblaciones previamente sumisas, dando se cuestiona que se dé por totalmente sentado
al estado, donde la sociedad se incorpora a él, sin cuestionarse la existencia
real de tal dualidad, además de que los
estudios se centran en las estructuras sociales que provocan efectos en el
estado, pero no en el estado en sí mismo.
La primera explicación para que
se produzca esta situación se sugiere es metodológica: hay una crítica al método
de las encuestas de opinión como el medio más utilizado para estos estudios. Además,
surge una crítica de fondo: el estudio o comprensión del estado en la forma en
que se realiza contribuye a mantener dicha percepción distorsionada de la
realidad social que el estado supuestamente intenta crear.
El autor plantea que la
concepción que existe sobre el estado en los estudios sociológicos cabe en el
mundo del mito. Esto se produce porque en estos estudios el estado aparece con características
muy grandilocuentes, casi como un ente todo poderoso. Se le describe como un
agente legitimador poderoso, como una cosa ideológica, dispositivo en función
del cuál se legitima el sometimiento, presentando al poder político como una
cosa a la vez integrada y aislada, dando cuenta de las instituciones políticas
en términos de cohesión, propósito, independencia, interés común y moralidad.
Es decir, el gran mito de la ilustración y modernización política.
Respecto a aquella discusión el
texto se abanderiza: estudiar el estado bajo dicha concepción contribuye a la
ilusión, al mito sobre el estado, y que por el contrario debe entendérsele -como
ya se expuso- como históricamente construido, y deben estudiarse otros tópicos como
la sujeción políticamente organizada, la legitimación de lo ilegitimo, etc.
Texto: https://we.riseup.net/assets/320149/Abrams+notas+sobre+la+dificultad+para+estudiar+al+Estado.pdf
[1]
Lenin, citado en el texto
[2]
Página 23.
[3] P.
27
[4]
Página 51.
[5]
Página 28.
[6]
Página 53.
[7]
Página 40.

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