El presidente de la República, Sebastián Piñera Echenique, el
día viernes 18 de octubre desencadenó una serie de hechos que lo ponen hoy en
día como una piedra de tope en la tarea de retomar la convivencia de los
chilenos y chilenas.
Aquel día adoptó una medida que la Constitución confiere a
él de manera exclusiva, en su calidad de persona individual, que confiando en
su sapiencia y prudencia exclusiva, excluye de cualquier tipo de control del
Congreso o Tribunales de Justicia: la facultad de declarar estado de excepción
constitucional, en este caso el estado de emergencia.
Promovió, por tanto, un enfrentamiento directo entre la
ciudadanía contra institucionalidad misma, al confrontar una manifestación
social con agentes del estado preparados para la guerra. Comenzó a operar en
ese momento el llamado “resorte principal de la maquina” de Diego Portales: sin
importar tanto el resto del contenido de la Constitución, lo relevante son las
atribuciones del Presidente de la República, de modo que éste pueda adoptar
cuando sea necesario, las medidas que correspondan para reestablecer el pretendido
“orden económico y social”, que favorece a sólo unos pocos, como se ha
demostrado incansablemente en las calles.
La idea, por tanto, de la institucionalidad así pensada, es
establecer una pequeña dictadura o dictadura disfrazada de democracia, basado
en las atribuciones que se confieren al Presidente, acompañado de toda la
decoración que aquello necesita para ser creíble (Congreso, Tribunales,
Derechos Fundamentales, etc.).
Así se sintió en las calles del país, cuando luego de la declaración
de estado de emergencia, se dio paso al toque de queda, vulneraciones a los
derechos humanos más fundamentales de las personas, represión, etc., e incluso
asesinatos por agentes del estado, todo aquello con el único fin de provocar
miedo, y aplacar manifestaciones sociales.
Esta tragedia humana nos lleva a un punto que quizás no
había ocurrido en nuestra historia: que la institucionalidad esté
históricamente diseñada para favorecer a un sector social es una cuestión
teórica, que puede ser discutible; pero, que los ciudadanos puedan percibir
dicha realidad de manera directa o concreta, es otra diametralmente opuesta,
que ocurre pocas veces.
Sin conocer, probablemente, de aquellas teorías históricas,
los habitantes de Chile presenciamos, a plena luz del día, el intento de
aplacar mediante la represión más dura actos absolutamente propios de una
democracia, como lo es la manifestación social, por parte de un gobierno
absolutamente desbordado y superado, identificado a más no poder con un sector
social y económico del país. Es una imagen propia, que pocas veces queremos ver
y pocas veces se da, del poder político oculto -y disfrazado de demócrata-
absolutamente desnudo.
La desesperación es tal, que las declaraciones de ministros,
figuras afines, parlamentarios de partidos al gobierno son sencillamente una
puesta en escena que intenta insultar constantemente la inteligencia de su
receptor. Generando más y más descontento.
Así las cosas, la percepción de la ciudadanía es la de estar ahora no sólo ante un Presidente, Ministros, o Parlamentarios decadentes y corruptos -sensación "normal"-,
sino que a esto se suma la de encontrar en la máxima autoridad a una persona
que no mide sus actos con tal de proteger sus intereses políticos y económicos;
y en dicha tarea, superó todo límite tolerable, de convivencia democrática.
Fue el propio Presidente de la República quien polarizó al
país, dividió a los chilenos y chilenas, y dio lugar a la vulneración de
Derechos Humanos por parte de agentes del estado más brutal desde la dictadura
cívico-militar, cargando al país con dicha pesadumbre una vez más, y teniendo
que hacernos cargos nuevamente de escrudiñar entre los hechos para encontrar la
verdad y justicia.
Entendidas así las cosas, resulta claro -a la vez que
sombrío-, comprobar que la poca confianza que queda entre los ciudadanos en sus
instituciones en Chile, se ve más disminuida por un Presidente que ahora no
sólo no escucha, no responde, y no representa, sino que además reprime
brutalmente, declara la guerra a los ciudadanos, llevando dichas acciones hasta
las últimas consecuencias, de modo que para muchos, lógicamente, se hace
imposible retomar una convivencia sana, democrática, sin que los verdaderos
responsables asuman, siendo en este caso, directamente el Presidente de la
República.
La situación, de tal modo, se presenta como altamente
compleja sobre como se conducirá políticamente el destino del país, y de la
convivencia entre todas las personas, siendo el propio Presidente una gran
piedra de tope en ese sentido.
El llamado despertar de Chile puede tener muchas miradas, y
dentro de ellas será esencial profundizar en una revisión exhaustiva de nuestra
institucionalidad democrática.
Por de pronto el presidencialismo parece haber roto el dique
de contención mínimo de un sistema democrático. Si ya existían dudas sobre su
conveniencia en una sociedad democrática, los hechos de los últimos días
simplemente demuestran que no es posible confiar tal cantidad de poder a una
sola persona.
Después de todo, tal ejercicio puede llevar a destruir la
convivencia entre conciudadanos a tal punto, que quién ejerce dicho cargo
simplemente dificulta de sobremanera el poder convivir pacíficamente.

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