jueves, 7 de noviembre de 2019

El Presidente de la República se ha puesto al margen de la convivencia nacional




El presidente de la República, Sebastián Piñera Echenique, el día viernes 18 de octubre desencadenó una serie de hechos que lo ponen hoy en día como una piedra de tope en la tarea de retomar la convivencia de los chilenos y chilenas.

Aquel día adoptó una medida que la Constitución confiere a él de manera exclusiva, en su calidad de persona individual, que confiando en su sapiencia y prudencia exclusiva, excluye de cualquier tipo de control del Congreso o Tribunales de Justicia: la facultad de declarar estado de excepción constitucional, en este caso el estado de emergencia.

Promovió, por tanto, un enfrentamiento directo entre la ciudadanía contra institucionalidad misma, al confrontar una manifestación social con agentes del estado preparados para la guerra. Comenzó a operar en ese momento el llamado “resorte principal de la maquina” de Diego Portales: sin importar tanto el resto del contenido de la Constitución, lo relevante son las atribuciones del Presidente de la República, de modo que éste pueda adoptar cuando sea necesario, las medidas que correspondan para reestablecer el pretendido “orden económico y social”, que favorece a sólo unos pocos, como se ha demostrado incansablemente en las calles.

La idea, por tanto, de la institucionalidad así pensada, es establecer una pequeña dictadura o dictadura disfrazada de democracia, basado en las atribuciones que se confieren al Presidente, acompañado de toda la decoración que aquello necesita para ser creíble (Congreso, Tribunales, Derechos Fundamentales, etc.).

Así se sintió en las calles del país, cuando luego de la declaración de estado de emergencia, se dio paso al toque de queda, vulneraciones a los derechos humanos más fundamentales de las personas, represión, etc., e incluso asesinatos por agentes del estado, todo aquello con el único fin de provocar miedo, y aplacar manifestaciones sociales.

Esta tragedia humana nos lleva a un punto que quizás no había ocurrido en nuestra historia: que la institucionalidad esté históricamente diseñada para favorecer a un sector social es una cuestión teórica, que puede ser discutible; pero, que los ciudadanos puedan percibir dicha realidad de manera directa o concreta, es otra diametralmente opuesta, que ocurre pocas veces.

Sin conocer, probablemente, de aquellas teorías históricas, los habitantes de Chile presenciamos, a plena luz del día, el intento de aplacar mediante la represión más dura actos absolutamente propios de una democracia, como lo es la manifestación social, por parte de un gobierno absolutamente desbordado y superado, identificado a más no poder con un sector social y económico del país. Es una imagen propia, que pocas veces queremos ver y pocas veces se da, del poder político oculto -y disfrazado de demócrata- absolutamente desnudo.  

La desesperación es tal, que las declaraciones de ministros, figuras afines, parlamentarios de partidos al gobierno son sencillamente una puesta en escena que intenta insultar constantemente la inteligencia de su receptor. Generando más y más descontento.

Así las cosas, la percepción de la ciudadanía es la de estar ahora no sólo ante un Presidente, Ministros, o Parlamentarios decadentes y corruptos -sensación "normal"-, sino que a esto se suma la de encontrar en la máxima autoridad a una persona que no mide sus actos con tal de proteger sus intereses políticos y económicos; y en dicha tarea, superó todo límite tolerable, de convivencia democrática.

Fue el propio Presidente de la República quien polarizó al país, dividió a los chilenos y chilenas, y dio lugar a la vulneración de Derechos Humanos por parte de agentes del estado más brutal desde la dictadura cívico-militar, cargando al país con dicha pesadumbre una vez más, y teniendo que hacernos cargos nuevamente de escrudiñar entre los hechos para encontrar la verdad y justicia.

Entendidas así las cosas, resulta claro -a la vez que sombrío-, comprobar que la poca confianza que queda entre los ciudadanos en sus instituciones en Chile, se ve más disminuida por un Presidente que ahora no sólo no escucha, no responde, y no representa, sino que además reprime brutalmente, declara la guerra a los ciudadanos, llevando dichas acciones hasta las últimas consecuencias, de modo que para muchos, lógicamente, se hace imposible retomar una convivencia sana, democrática, sin que los verdaderos responsables asuman, siendo en este caso, directamente el Presidente de la República.

La situación, de tal modo, se presenta como altamente compleja sobre como se conducirá políticamente el destino del país, y de la convivencia entre todas las personas, siendo el propio Presidente una gran piedra de tope en ese sentido.

El llamado despertar de Chile puede tener muchas miradas, y dentro de ellas será esencial profundizar en una revisión exhaustiva de nuestra institucionalidad democrática.

Por de pronto el presidencialismo parece haber roto el dique de contención mínimo de un sistema democrático. Si ya existían dudas sobre su conveniencia en una sociedad democrática, los hechos de los últimos días simplemente demuestran que no es posible confiar tal cantidad de poder a una sola persona.

Después de todo, tal ejercicio puede llevar a destruir la convivencia entre conciudadanos a tal punto, que quién ejerce dicho cargo simplemente dificulta de sobremanera el poder convivir pacíficamente.  

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